La Marina Francesa fue pionera en la adopción de portaaviones, comenzando con la conversión del acorazado Béarn en 1927 con ayuda de la Royal Navy. Este desarrollo enfrentó obstáculos financieros durante el período de entreguerras, lo que limitó la producción de aviones modernos y dejó a la Aéronavale con aeronaves obsoletas. A pesar de los debates sobre la efectividad y el costo de los portaaviones, en 1937 se autorizaron dos nuevos portaaviones, Painlevé y Joffre.
Al igual que un crucero sin munición para sus baterías principales, un portaaviones sin su ala aérea embarcada resulta nada más que un gigantesco blanco flotante. En este contexto, surgió el Latécoère 299, una aeronave de bombardeo ligero y reconocimiento para equipar a los escuadrones embarcados. Sin embargo, nunca llegará a ser producido en serie.