Cuando el Mirage G se estrelló en enero de 1971, el programa perdió su único prototipo. Pero para entonces ya había conseguido algo mucho más importante: demostrar que la geometría variable funcionaba. La pregunta ya no era si el concepto era viable. La pregunta era qué hacer con él.
Dassault respondió construyendo una versión más grande, más potente y mucho más cercana a un avión de combate real. El resultado fueron los Mirage G8, dos aeronaves que representaban el momento en que la geometría variable francesa dejó de ser un experimento para intentar convertirse en un sistema de armas operativo.
Paradójicamente, también sería el momento en que el programa comenzaría a quedarse sin clientes.









